Cuando todo parece tendencia, incluso lo que no existe

La inteligencia artificial promete identificar tendencias antes de que sean evidentes.

Pero también puede contribuir a producir la ilusión de que esas tendencias existen.

Pensemos en una bebida desconocida que comienza a aparecer repetidamente en publicaciones, comentarios, artículos e imágenes generadas artificialmente.

Distintas cuentas hablan de ella. Otras publicaciones reproducen la conversación. Algunos medios elaboran notas sobre el supuesto fenómeno.

Los buscadores encuentran cada vez más referencias. Y los sistemas de IA que recuperan esas fuentes pueden encontrarse con múltiples menciones aparentemente independientes que, en realidad, derivan de un mismo origen.

El resultado es una forma de amplificación circular. La repetición empieza a parecer consenso. El consenso empieza a parecer tendencia. Y la tendencia termina apareciendo en un informe de marketing.

Todo esto podría suceder sin que exista un incremento equivalente de las compras reales.

No se trata de ciencia ficción. Existen operaciones documentadas de manipulación de conversaciones mediante identidades ficticias y contenido generado por IA. También existen mecanismos de detección y limitaciones importantes: generar publicaciones no garantiza conseguir audiencia auténtica.

El problema para la investigación comercial no es que toda tendencia digital sea falsa. Es que la popularidad de una idea no equivale necesariamente a la popularidad de un producto.

Y cuando distintas consultoras, medios y asistentes digitales trabajan con fuentes que se repiten entre sí, corremos el riesgo de confundir el volumen de información con la diversidad de evidencia.

Una tendencia mencionada mil veces puede seguir teniendo una sola fuente.

Ese es el tipo de error que ninguna presentación con gráficos tridimensionales consigue solucionar.

La verdadera inteligencia de mercado está donde todavía no miramos

Si queremos anticipar la próxima gran transformación del consumo de vino, quizás deberíamos dejar de comenzar nuestras investigaciones preguntando qué tendencias están de moda.

Las tendencias populares suelen llegar tarde para quienes pretenden anticiparlas.

La oportunidad está en detectar comportamientos pequeños que comienzan a repetirse antes de recibir atención masiva.

Por ejemplo, una nueva categoría de bebidas que empieza a aparecer en cartas de restaurantes de distintas ciudades.

O un formato que gana distribución comercial sin recibir grandes campañas publicitarias.

O una bebida que mantiene ventas mientras el resto de su categoría retrocede.

O un cambio en las ocasiones de consumo que primero aparece en bares y después modifica los hábitos de compra doméstica.

Para investigar estos movimientos no basta con contar menciones en redes sociales.

Necesitamos cruzar información de transacciones, precios, distribución, importaciones, exportaciones, cartas de restaurantes y comportamiento de consumidores.

Y necesitamos hacerlo durante el tiempo suficiente para distinguir una moda pasajera de una transformación persistente.

Chile ofrece un ejemplo de por qué esa precaución importa.

Según el boletín de septiembre de 2026 de ODEPA, las exportaciones chilenas de vino crecieron un 18,4% en volumen durante agosto, comparadas con el mismo mes de 2025.

Una noticia alentadora.

Sin embargo, entre enero y agosto las exportaciones acumulaban una caída del 9,9% en volumen y del 7,4% en valor.

Un dato mensual positivo no cambia automáticamente la trayectoria de largo plazo.

De la misma manera, miles de comentarios entusiastas sobre una nueva bebida no garantizan que exista un negocio sostenible detrás.

El desafío es aprender a distinguir ambas cosas.

Y, sobre todo, identificar qué indicadores aparecen primero.

La revolución podría venir desde fuera del viñedo

La industria del vino posee atributos difíciles de reproducir: historia, territorio, cultura, diversidad, conocimiento técnico y una conexión profunda con la gastronomía.

Nada de eso ha desaparecido.

Pero esos atributos no garantizan que las nuevas generaciones construyan los mismos hábitos de consumo que sus padres o abuelos.

La historia de los mercados está llena de sectores que confundieron la fortaleza de sus productos con la permanencia de las costumbres que los sostenían.

La innovación disruptiva no siempre destruye un producto.

A veces vuelve menos relevante la manera tradicional de utilizarlo.

Quizás el futuro del vino no dependa exclusivamente de producir mejores vinos, aunque la calidad seguirá siendo fundamental.

Quizás dependa también de comprender nuevas formas de consumo, distribución, recomendación y experiencia.

Y tal vez la empresa que consiga interpretar ese cambio no sea una bodega histórica, sino una compañía de bebidas, una plataforma comercial o un emprendedor que nunca haya asistido a una cata profesional.

No sabemos todavía cuál será esa disrupción.

Los datos actuales permiten formular hipótesis, no proclamar vencedores.

Pero sí sabemos que el consumo tradicional está bajo presión, que determinadas categorías alternativas están creciendo y que la tecnología comienza a intervenir en la manera en que descubrimos y elegimos productos.

La transformación no necesita manifestarse como un acontecimiento espectacular.

Puede avanzar silenciosamente, una ocasión de consumo a la vez.

Y cuando finalmente aparezca en los informes anuales, tal vez lleve años ocurriendo.

La última copa

Durante décadas, la industria vitivinícola ha dedicado enormes esfuerzos a explicar qué hace especial a un vino.

Su origen. Su historia. Su elaboración. Su carácter. Su puntuación. Su capacidad de expresar un territorio.

Son argumentos valiosos.

Pero quizá ha llegado el momento de investigar con la misma intensidad algo mucho menos romántico y bastante más decisivo:

¿Por qué alguien decide no beberlo?

No necesariamente porque rechace el alcohol.

No necesariamente porque prefiera una alternativa más saludable.

Y tampoco porque haya perdido interés por la calidad.

Quizás simplemente porque, en ese momento, otra bebida representa mejor la experiencia que busca.

La próxima gran revolución del vino podría no consistir en inventar un vino diferente, sino en comprender que el consumidor ya está viviendo de una manera diferente.

Y mientras seguimos organizando seminarios sobre cómo venderle vino a las nuevas generaciones, tal vez sería conveniente revisar qué están pidiendo realmente cuando salen a celebrar.

Porque el problema no siempre está en la calidad de lo que ofrecemos.

A veces está en que seguimos ofreciendo lo mismo, en el mismo momento, de la misma manera, esperando que el mundo vuelva a comportarse como antes.

Y el mundo, lamentablemente para nuestros planes estratégicos, no suele consultar con el departamento de marketing antes de cambiar.


 

Nota metodológica: este artículo desarrolla una hipótesis de investigación comercial, no una predicción confirmada. Las cifras corresponden a mercados, períodos y muestras diferentes; no deben interpretarse como prueba directa de sustitución entre categorías. El análisis se basa en fuentes publicadas por OIV, ODEPA, IWSR, NielsenIQ, Square y Wharton, además de información periodística sobre el mercado chileno, consultadas en octubre de 2026.

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