En este contexto, el vino sin alcohol aparece periódicamente como el gran protagonista del futuro.
La narrativa es atractiva: consumidores más preocupados por su salud, jóvenes que moderan su consumo y nuevas alternativas que prometen mantener la experiencia sin los efectos del alcohol.
Sin embargo, interpretar esto como el comienzo inevitable de una sociedad abstemia sería apresurado.
Los datos revelan algo bastante más interesante.
Según NielsenIQ, el 92% de los compradores de bebidas sin alcohol también adquiere productos que contienen alcohol, dentro del mercado estadounidense analizado.
La cifra merece una segunda lectura: no significa que el 92% de la población consuma alcohol, sino que la inmensa mayoría de quienes compran alternativas sin alcohol también participa del mercado de bebidas alcohólicas tradicionales.
Este comportamiento revela algo fundamental: las alternativas sin alcohol no necesariamente están reemplazando el consumo tradicional, sino ampliando las opciones disponibles para un mismo consumidor.
Una persona puede pedir una copa de vino el viernes, un cóctel sin alcohol el sábado y una cerveza el domingo.
No está necesariamente cambiando de identidad.
Está eligiendo según el contexto.
La moderación no siempre significa abandono. También puede significar alternancia, menor cantidad, nuevas ocasiones y mayor exigencia respecto de lo que se bebe.
Y aquí aparece una oportunidad que la industria del vino podría estar subestimando.
El consumidor tal vez no necesita un sustituto permanente del vino.
Necesita razones más convincentes para elegirlo en una ocasión determinada.
La revolución podría estar ocurriendo dentro de un vaso con hielo
Mientras buena parte de la industria vitivinícola discute sobre nuevas estrategias para recuperar consumidores, algunos indicadores comerciales estadounidenses muestran movimientos interesantes.
En septiembre de 2026, la plataforma de pagos Square publicó un análisis sobre el auge de los spritz, utilizando transacciones registradas por establecimientos de su red.
Los resultados fueron llamativos.
-
- Durante el período analizado, los pedidos de Hugo Spritz aumentaron un 153,2% respecto del año anterior.
-
- Los de Campari Spritz crecieron un 68,5%, mientras que los de Limoncello Spritz lo hicieron un 75%.
-
- El Aperol Spritz, mucho más consolidado, también creció, aunque a una tasa menor: 14,7%.
Conviene aclarar algo: estas cifras, junto con otros indicadores citados en esta investigación, provienen de datos publicados por diferentes organismos y plataformas, con metodologías, mercados y períodos distintos. No constituyen una medición universal del consumo ni demuestran, por sí solos, que una categoría esté desplazando a otra. Sin embargo, observados en conjunto, ofrecen indicios interesantes para comprender mejor cómo están evolucionando las preferencias, los horarios y las ocasiones de consumo.
Y quizás ahí reside su mayor valor: no tanto en lo que cada cifra demuestra individualmente, sino en las preguntas que surgen cuando comenzamos a relacionarlas.
Según los datos publicados, las transacciones realizadas durante el happy hour —entre las 17:00 y las 20:00 horas— pasaron de representar el 23,19% del total de transacciones en bares estadounidenses durante 2019 al 24,70% en 2025.
El incremento de 1,51 puntos porcentuales en seis años parece modesto. Y efectivamente lo es. Sin embargo, lo interesante no está necesariamente en su magnitud, sino en su persistencia: la participación de esta franja horaria aumentó todos los años desde 2019, aunque el informe no publica los valores intermedios que permitirían comparar los ritmos de crecimiento entre períodos.
El fenómeno resulta más evidente en Nueva York, donde el mismo indicador pasó del 15,2% en 2019 al 18,8% en 2025, un aumento de 3,6 puntos porcentuales. Durante los primeros cinco meses de 2026 alcanzó el 19,4%, aunque esta última cifra corresponde a un período parcial.
Y existe un dato complementario todavía más revelador: mientras el happy hour ganaba participación a escala nacional, las transacciones nocturnas, entre las 23:00 y las 4:00 horas, retrocedieron del 24,08% al 21,55% entre 2019 y 2025.
Más que un crecimiento explosivo del consumo, los datos sugieren una redistribución gradual de los horarios en los que las personas frecuentan los bares.
El cambio quizás no está en cuánto bebemos, sino en cuándo decidimos hacerlo.
Y esa diferencia puede terminar siendo mucho más relevante para la industria que el lanzamiento de una nueva variedad de cóctel.
Tal vez el consumidor no quiere prolongar una noche hasta las tres de la mañana. Quizás prefiere encontrarse con amigos después del trabajo, tomar algo más ligero, conversar y volver temprano a casa.
El producto importa. Pero la ocasión también.
Y el vino, tradicionalmente asociado a la comida, la sobremesa o determinados rituales, podría estar dejando espacios abiertos a competidores capaces de adaptarse mejor a esos momentos.
La pregunta deja de ser qué vino quiere comprar el consumidor.
Pasa a ser qué experiencia quiere vivir y qué bebida encaja mejor en ella.
Cuando el vino crece sin llamarse vino
Aquí aparece una paradoja particularmente interesante.
Mientras disminuye el consumo mundial de vino tradicional, algunas categorías de bebidas preparadas basadas en vino muestran crecimiento.
En un informe de NielsenIQ de 2025, las ventas de bebidas listas para tomar —ready-to-drink o RTD— basadas en vino aumentaron un 14% en el mercado estadounidense analizado.
Los RTD basados en destilados crecieron un 20% pero en contraste, los hard seltzers retrocedieron un 7,4%.
Es decir, tampoco basta con poner una bebida en una lata para garantizar su éxito. La conveniencia importa, pero no reemplaza la necesidad de una propuesta atractiva.
Y aquí surge mi hipótesis central:
La próxima gran disrupción del vino podría producirse fuera de la categoría comercial que hoy llamamos vino.
Un productor puede competir vendiendo una botella tradicional de 750 mililitros.
Pero otro podría utilizar vino como base para una bebida lista para consumir, venderla en otro formato, distribuirla por otros canales y conquistar momentos en los que nadie habría considerado descorchar una botella.
En ambos casos puede haber vino. Lo que cambia es el producto final, su posicionamiento, el ritual, la competencia y la experiencia. Tal vez la oportunidad no consiste en convencer a más personas de convertirse en aficionados al vino. Tal vez consiste en permitirles disfrutarlo sin exigirles que se comporten como aficionados.
Una idea aparentemente sencilla, pero incómoda para una industria que ha construido buena parte de su comunicación alrededor del conocimiento, el origen, las variedades y la sofisticación.
No todo consumidor quiere una clase sobre suelos graníticos antes de pedir una segunda copa.
Este texto forma parte de La próxima gran oportunidad del vino podría estar fuera de la categoría «vino»..
